Ver con el alma
El viernes 4 de septiembre mi vida cambió.
Apenas me levanté, noté que me era muy difícil enfocar y ver con claridad. Caí en shock.
Mientras hiperventilaba, sabía que la retina de mi ojo izquierdo se había desprendido. Y lo sabía porque semanas antes fue el vitreo del mismo ojo el que se desprendió, incrementando así el riesgo de que eso sucediese.
Grité. Lloré. Sentí una desesperación muy difícil de explicar.
Al día siguiente, en camino al hospital a las 5:30 de la mañana para entrar a un quirófano, mi entonces novia me pidió que vea el cielo. Y puedo asegurar que jamás lo olvidaré.
Porque lo podía ver...
Sí. Con problemas, con miedo, e inseguro de mi futuro, pero lo podía ver.
Mi vida cambió porque no ver bien con los ojos, me hizo regresar a ver a lo más importante: A mi hoy esposa, a mi familia, a Dios.
En ningún momento desde que comenzó esta experiencia dudé de Dios. Lo mantuve en mi corazón y, a pesar de la incertidumbre, sabía que todo iba a estar bien.
Hoy tengo conciencia del amor que tengo a mi alrededor. Entiendo lo tremendamente afortunado que soy de tener a mi mamá todavía cuidándome. Por haber encontrado a mi compañera de vida. Por mis hermanas, primos, amigos. Por tanto.
Estoy orgulloso de mi cuerpo y de lo fuerte que es. De su capacidad de curarse y volver a trabajar perfectamente. Porque fui capaz de alzar 225 libras encima de mi cabeza. Porque descendí a 100 km/h encima de mi bicicleta. Porque subí montañas y baje quebradas. Porque me caí y me levante. Y sigo aquí. Inmutable, con la misma energía.
Hoy veo con el alma, mientras mis ojos sanan.